El término loa se empleó ya en la Edad Media –aunque en contadas ocasiones– con el
sentido de ‘alabanza’. Su frecuencia de uso aumentó durante el siglo XVI, hasta el punto de que
Juan de Valdés especificaba que: “Loar, por alabar, es vocablo tolerable, y assí dezimos: Cierra
tu puerta y loa tus vezinos” (126). Desde luego es con esta precisa significación heredada del
latín LAUDARE como hallamos esta palabra en los primeros textos dramáticos de dicha centuria.
Covarrubias en el XVII y la Academia en el XVIII repiten la misma definición, recordando esta
última que “hoy no tiene mucho uso.”
En cambio ahora a nosotros nos interesa sobre todo la acepción referida al mundo del teatro.
Así, el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias precisa que “cerca de los representantes,
loa es el prólogo o preludio que hacen antes de la representación.” La costumbre de representar
algo previo a la obra nuclear estuvo muy arraigada desde tiempos remotos, como lo atestiguan
los prólogos latinos e italianos y los protocolos franco-medievales.
En España se mantiene tal
tradición escénica y estas piezas iniciales, siempre muy cortas, reciben diversos nombres:
introducción, introito, prólogo, preludio, argumento y, finalmente, loa, término que acabará por
desbancar a los demás. El ejemplo más antiguo de este añadido dramático lo hallamos en la
Égloga de Plácida y Victoriano (1513), de Juan del Encina, donde recibe el nombre de
“introducción.” A él le siguen la práctica totalidad de dramaturgos del siglo XVI: Torres
Naharro, Gil Vicente, Bartolomé Aparicio, Jaime de Güete, Juan de Junta, Agustín Ortíz, Lope
de Rueda, Pérez de Oliva, Lupercio Leonardo de Argensola y un largo etcétera (Flecniakoska
1975).
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