lunes, 2 de noviembre de 2015

Lectura N°4: Aspectos sobre la loa y la música en el umbral de la fiesta barroca

El término loa se empleó ya en la Edad Media –aunque en contadas ocasiones– con el sentido de ‘alabanza’. Su frecuencia de uso aumentó durante el siglo XVI, hasta el punto de que Juan de Valdés especificaba que: “Loar, por alabar, es vocablo tolerable, y assí dezimos: Cierra tu puerta y loa tus vezinos” (126). Desde luego es con esta precisa significación heredada del latín LAUDARE como hallamos esta palabra en los primeros textos dramáticos de dicha centuria. Covarrubias en el XVII y la Academia en el XVIII repiten la misma definición, recordando esta última que “hoy no tiene mucho uso.” En cambio ahora a nosotros nos interesa sobre todo la acepción referida al mundo del teatro. Así, el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias precisa que “cerca de los representantes, loa es el prólogo o preludio que hacen antes de la representación.” La costumbre de representar algo previo a la obra nuclear estuvo muy arraigada desde tiempos remotos, como lo atestiguan los prólogos latinos e italianos y los protocolos franco-medievales.

En España se mantiene tal tradición escénica y estas piezas iniciales, siempre muy cortas, reciben diversos nombres: introducción, introito, prólogo, preludio, argumento y, finalmente, loa, término que acabará por desbancar a los demás. El ejemplo más antiguo de este añadido dramático lo hallamos en la Égloga de Plácida y Victoriano (1513), de Juan del Encina, donde recibe el nombre de “introducción.” A él le siguen la práctica totalidad de dramaturgos del siglo XVI: Torres Naharro, Gil Vicente, Bartolomé Aparicio, Jaime de Güete, Juan de Junta, Agustín Ortíz, Lope de Rueda, Pérez de Oliva, Lupercio Leonardo de Argensola y un largo etcétera (Flecniakoska 1975).

No hay comentarios:

Publicar un comentario